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    Home»Cultura»Literatura»Sueños y lágrimas, por Eugenia Carrión
    Literatura

    Sueños y lágrimas, por Eugenia Carrión

    Eugenia CarriónBy Eugenia Carrión14 de septiembre de 2018No hay comentarios6 Mins Read
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    Desperté de una pesadilla. Me levanté. Encendí un cigarro y al pasar delante del cuarto de mi pequeño, descubrí su cama vacía. Miré en la habitación de las niñas, pero tampoco estaban. Los busqué en el baño, en la cocina, en el salón. Quise gritar. Localicé en mi móvil el número del guarda nocturno. Hacía una hora que había visto a mi marido con la mayor en los brazos. Me puse los vaqueros, una blusa y cogí las llaves de su casa del pueblo. No paré de correr hasta llegar a la estación de autobuses. Allí me di cuenta de que llevaba las monedas justas para un billete a Santa Fe. “Dios proveerá a la vuelta”, me dije.
    Pasé la hora de viaje recordando sueños de mi infancia. El armario de la Nancy me obsesionó de tal modo que saqué las mejores notas de la clase.
    -Anda, ve a la tienda y pregunta el precio – dijo Mamá al verlas.
    Para la mujer de un ferroviario, ochocientas eran muchas pesetas, sin embargo, al volver, entró en su dormitorio y salió con los ocho billetes. Más tarde, lo llenaría de vestidos: de fiesta plateado, azafata, médico. Y años después, mi hermana se encargó de pintorrearlo.
    Otro sueño lo gesté en parvulitos. Belén y yo jugábamos de rodillas delante de la pizarra a encastrar huevos de colores cuando la monja dijo que me tocaba pintar en el caballete. Me levanté de un bote y cogí los pinceles y acuarelas. Desde que había entrado allí un año antes, se había convertido en mi mayor objeto de deseo.
    -Hoy diré quién será la Virgen en la fiesta de la Inmaculada – dijo la monja mirándome. Creo que estudiaba mis rasgos.
    No sé qué pinté pero ese día sólo se escuchó la campana de la monja. Primero sobre la cabeza de una niña por descalzarse un pie. Estábamos sentadas formando un círculo, como los indios, cuando volvió a sonar. Belén dejó de ir de puntillas y se plantó delante de mí sosteniendo la campana.
    -Tú serás la Virgen – le dijo la monja. Nos arremolinamos en la puerta.
    En la fiesta, Belén iba preciosa, de pie sobre la tabla de nubes, con sus ojos celestes a juego con la túnica y el manto; la melena rubia sobresalía por los bordes. Yo estaba en la primera fila del patio y me dio por pensar en la palabra paripé. Un año más tarde, subíamos a la capilla de la primera planta. De rodillas en los bancos, entre los crujidos de la madera, la monja explicó un día que nuestro corazón es como un sagrario, por eso podíamos hablar con Jesús en cualquier parte. Pero yo ya hablaba con Él todas las noches. Aunque el día antes de hacer la comunión me escapé a la iglesia para sentirle más cerca. En el último curso de básica, el cura contó que la Virgen era en realidad una joven como las demás, y que en aquella época todas soñaban con ser madre del Mesías. Me pregunté por qué Dios no esperó a enviarlo ahora; podía grabarse en vídeo y salir en televisión. Me costaba admitir que un ser tan bueno permitiera tanta miseria. Y en aquel autobús volví a pensarlo.
    Llegando a la plaza, pensé que el sueño de formar una familia también lo rompí yo sola. Me bajé obsesionada por recuperar pronto a los niños y llevármelos a casa de Mamá. Él no tenía llaves de ese piso. Crucé el pueblo. Amanecía. Abrí la puerta encasquillada. No entiendo por qué no había echado el cerrojo. Busqué por todas partes, pero allí abajo sólo encontré el escritorio heredado de su padre y, sobre él, un crucifijo clavado en una piedra que servía de pisapapeles. Así que subí a la buhardilla. La puerta del baño estaba abierta. Los azulejos estaban sucios y la taza del váter llena de papeles. Olía a podrido. Sin embargo, presentía a mis hijos. Estaban en la sala, dormidos sobre colchones tirados en el suelo. Cogí con un brazo al pequeño y agarré a las niñas con la otra mano, y los conduje escaleras abajo. En los últimos peldaños, entró su padre.
    -Dónde crees que vas.
    Metí a los niños en el vano de la escalera y no me dio tiempo a más, porque se me echó encima. Caí de espaldas sobre el escritorio. Me agarró por el cuello. Alargué el brazo y cogí el pisapapeles. Con la base de piedra le golpeé en la sien. Cayó desplomado. Miré la cruz. Los niños estaban abrazados bajo la escalera. No se habían movido. Salimos a la calle. Encajé la puerta. Cerca, dentro de un furgón, un hombretón apilaba unos cajones.
    -Lléveme adonde vaya, tengo que irme de aquí – le dije. Miró a los niños y se tocó la barba.
    -Voy a la ciudad a entregar este comedor, pero no van a caber – mis ojos debieron empañarse –. Bien, las sillas puedo dejarlas para mañana –bajó de un brinco. Cogió al niño en brazos –. Arriba, pequeño.
    Luego, me ayudó a subir a las niñas. Tras ponernos en marcha, a través de los cristales del portón trasero, vi salir de la casa al padre mirando de un lado a otro. Sentada sobre una mesa, me sentí segura y feliz.
    Durante la vuelta, los niños se peleaban por contar chistes a la vez y les puse un orden de prioridad. Después, cantamos Edelweiss.
    En la ciudad, en una calle empinada junto al Hospital Civil, se abrió una puerta del furgón al frenar en un semáforo. “Aquí podemos bajarnos”, dije para mis adentros. Y mi hija pequeña se bajó de un salto. El coche reanudó la marcha. No sabía si saltar o quedarme con los otros. Grité pidiendo socorro, oí el claxon de un coche y el furgón, por fin, se detuvo. Salté, corrí hacia la niña y le di una torta.
    -¿Por qué lo has hecho?
    Y se echó a llorar. El hombre se había bajado del furgón y hablaba con el pequeño mientras sostenía la puerta. Los coches empezaron a pitar.
    -Nos quedamos aquí – le dije al hombre.
    -Subid y ahora os dejo en la esquina.
    Pero nos trajo hasta el portal de mi madre.
    -No puedes imaginar cómo te lo agradezco.
    -Mañana tendré que pasar por aquí, si quieres te llamo y me invitas a una cerveza –ladeó una sonrisa–.
    -Vivo en el 4º A.
    Se despidió de los niños acariciándoles el pelo y subió al furgón.
    -¿Cómo te llamas? –grité.
    -Me llamo José. ¿Y tú?
    Le dije mi nombre. Arrancó el motor. Mientras le veía alejarse, pensé que los sueños son como lágrimas; se contienen ante los demás, y a solas se desbordan. Y subiendo los escalones del portal, con mi pequeño de la mano, me sentí la mujer más importante del mundo.
    Edelweiss, Sounds of music
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