MÁLAGA. — Tras haber tenido el privilegio de adentrarnos en los milimétricos engranajes de su backstage, llegó el momento más esperado: el gran estreno de «Kurios – Gabinete de curiosidades». La noche malagueña se viste de gala para recibir el despliegue de una obra que se mueve de forma magistral entre la acrobacia más exigente, la construcción de los sueños y una vitalidad desbordante que contagia desde el primer segundo. Desde el patio de butacas, la expectación se transforma de inmediato en puro asombro.
Al entrar a la carpa, nos sumergimos de lleno en el corazón de la propuesta: la historia de un singular científico convencido de que, dentro de su gigantesco gabinete de curiosidades, existe un universo invisible y oculto; un refugio donde aguardan las ideas más locas y los sueños más grandiosos. La obra nos enseña de entrada una premisa fascinante: para vislumbrar las maravillas que yacen bajo la superficie, primero se debe aprender a cerrar los ojos.
De repente, la cotidianidad del laboratorio se rompe cuando un grupo de personajes místicos, benévolos y extravagantes irrumpe en su improvisado mundo mecánico. Con un toque perfecto de poesía, humor y vitalidad, estos seres ponen el universo del científico patas arriba en un intento por encender su imaginación. Es en ese instante mágico cuando las curiosidades cobran vida, una por una, ante la mirada atónita del espectador.

Un detalle fundamental que eleva esta propuesta es su trasfondo histórico. Los gabinetes de curiosidades son los auténticos predecesores de los museos modernos. Conocidos en la Europa renacentista como «gabinetes de maravillas», eran espacios donde los aristócratas, los miembros de la pujante clase comerciante y los primeros practicantes de la ciencia reunían fascinantes colecciones de reliquias históricas, obras de arte, misteriosos recuerdos y exóticos artefactos de viaje.
Ese mismo espíritu coleccionista y asombroso impregna esta propuesta, la cual se erige con orgullo como la 35.ª producción del Cirque du Soleil desde su fundación en 1984. Para dar vida a este microcosmos de reliquias vivientes, el espectáculo cuenta con un impresionante elenco de más de 50 artistas procedentes de 21 países, un crisol multicultural de talento que se traduce en una energía sin igual sobre el escenario.
La experiencia de KURIOS comienza incluso antes de que la totalidad del público ocupe sus butacas. Cuando el clima lo permite, el público es recibido con una sorpresa de altura: tres artistas trepan a lo alto de la estructura exterior para dar una calurosa bienvenida a los asistentes, permitiendo que el público saboree la magia desde el instante en que pisa el recinto.
Al ingresar al interior, salta a la vista un cambio estético fascinante respecto a otras producciones clásicas de la compañía. Aquí los vibrantes rojos y amarillos ceden el protagonismo a una impresionante paleta basada en aparatos e ingeniería mecanizada. Es un viaje visual hacia lo industrial y lo retrofuturista que atrapa de inmediato la atención.

El inicio del programa oficial es un auténtico torbellino titulado «La sincronización del caos de 1900». La escena arranca con una imponente locomotora que hace su entrada en la estación de tren, dejando en el andén a un ecléctico y excéntrico grupo de pasajeros del siglo XIX.
Acróbatas, malabaristas, percusionistas y bailarines, ataviados con sus mejores galas de época, se funden en una espectacular amalgama de percusión, coreografía y proezas físicas. Juntos, logran inundar el gabinete de curiosidades con un ambiente festivo y arrollador que irradia pura libertad, arrancando las primeras y más sonoras ovaciones de un público malagueño completamente entregado.
A lo largo de la función, KURIOS nos enfrenta a dos dimensiones creativas que conviven de forma asombrosa. Por un lado, está la innegable destreza física de números de un impacto estético descomunal, como la hipnotizante bicicleta aérea o el fascinante y divertido mundo de las acróbatas contorsionistas, donde el Circo del Sol vuelve a demostrar por qué es el rey indiscutible de la excelencia técnica, el salto, la contorsión y el diseño de vestuario.
Sin embargo, el espectáculo rompe moldes y nos regala algo verdaderamente inédito y sumamente relevante que no se había visto en entregas anteriores: el circo invisible. En este segmento, un excéntrico maestro de ceremonias dirige un circo en miniatura habitado por artistas completamente invisibles. Lo extraordinario es que, a través del poder absoluto de la imaginación, los efectos visuales y un diseño de sonido impecable, el público realmente ve los actos. Los espectadores contienen el aliento presenciando desde saltos de altura en el balancín hasta el increíble recorrido de un motociclo sobre la cuerda floja, materializando la magia directamente en la mente de los asistentes.
El clímax humorístico y disruptivo de este número llega con el león Felipe. Este felino invisible no solo se muestra rebelde ante las órdenes de su domador, sino que termina por escaparse, sembrando el caos y «andando» suelto entre las butacas del público. Esta capacidad de jugar con lo conceptual y hacer reír a la audiencia a través de la sugerencia pura es un punto brillante y fresco.
Entre los actos estrella de la noche no podía faltar el clásico momento cómico y participativo, donde el carisma del elenco se desborda al invitar a un miembro del público al escenario, rompiendo la cuarta pared en un divertidísimo juego de complicidad. La espectacularidad regresa al cielo de la carpa con las correas aéreas, un derroche de plasticidad donde los artistas parecen flotar, dibujando figuras de una belleza sobrecogedora en el aire.

La nostalgia también reclama su espacio con un asombroso número de yoyos. Este acto rescata del baúl de los recuerdos aquel juego tradicional con el que generaciones de niños pasaban horas ideando piruetas en las calles, pero elevado aquí a una categoría de virtuosismo y velocidad que desafía la gravedad bajo los focos del circo.
No obstante, si hay un pasaje que destaca por su absoluta originalidad es el teatro de manos. En un fragmento impregnado de una conmovedora sencillez y alta poesía, un artista utiliza exclusivamente sus dedos para narrar una delicada historia. La acción es capturada por una cámara y proyectada en tiempo real sobre la superficie de un gran globo aerostático que hace las veces de pantalla. En un tierno giro final, la aventura de estos diminutos personajes esculpidos con las manos se traslada y concluye directamente entre la audiencia. Son estos refinados detalles los que ponen de manifiesto la inmensa calidad teatral de la propuesta.
Más allá del asombro técnico, el estreno de KURIOS deja una reflexión profunda sobre la evolución del arte circense. El show vuelve a demostrar de forma contundente que para edificar un espectáculo de la máxima categoría mundial no se requiere el cautiverio ni el maltrato de seres vivos. Aquella vieja tradición de exhibir leones y fieras reales sobre la arena —hoy felizmente en extinción gracias a una creciente conciencia social y leyes de protección animal— ha encontrado su relevo perfecto en la creatividad y la genialidad del Circo del Sol.
Con Felipe, el león invisible, y su derroche de imaginación, la compañía canadiense ratifica su sello como el estándar de oro del entretenimiento global. Demuestran que con el talento humano, la poesía visual y la destreza física se pueden crear universos maravillosos. KURIOS es, en definitiva, un refugio perfecto donde el público puede maravillarse, reír a carcajadas y, durante más de dos horas inolvidables, olvidarse por completo del mundo exterior.

Para echar el cierre de oro a la función, la obra se despide con un impresionante despliegue colectivo a cargo de un grupo de quince artistas que ejecutan el número conocido como Banquine. Lo que se presencia sobre la pista es una secuencia de acrobacias de una sincronización matemática impecable que desafía los límites de la agilidad humana.
Los artistas forman colosales pirámides humanas, poniéndose de pie sobre los hombros de sus compañeros para construir asombrosas columnas de tres o cuatro personas de altura. Desde esa cima, se lanzan al vacío realizando complejos saltos mortales y cruzándose en el aire en tres niveles distintos con una precisión milimétrica. Ver la limpieza y el peligro de este número final es una experiencia sobrecogedora que deja al espectador, de forma literal, con la boca abierta.
El sobresaliente nivel de lo que ocurre sobre el escenario se complementa a la perfección con la impecable organización del recinto. El ambiente en la Gran Carpa es extraordinario y todas las instalaciones están cuidadas al detalle, destacando unas zonas de aseos magníficamente acondicionadas y equipadas para la comodidad de los asistentes.
Asimismo, los amantes de los recuerdos disponen de una estupenda zona de venta de productos oficiales ligados a la obra. En este espacio se puede encontrar desde pequeños detalles decorativos y accesorios hasta camisetas y bolsas exclusivas; artículos que reflejan la gran calidad y el sello de un producto internacional. KURIOS ha llegado a Málaga para consolidarse como la gran experiencia imprescindible de esta antesala del verano. Un viaje inolvidable al corazón de la imaginación que nadie se debería perder.






