En estos tiempos que corren en que lo que importa es la imagen y la estética, lo que más sorprende de Raúl Porchetto, es la juventud que irradia su fisonomía y su voz. Pero a pesar de ese atributo, que seguramente algún hada madrina le ofrendó eternamente, lo que realmente debería sorprender, es su modesta forma de ser. Porque Raúl fue uno de los más grandes músicos del rock nacional, uno de los más grandes cantantes y uno de los más grandes compositores; pero tanto ayer como hoy: el más grande de los humildes. Y así lo demostró esta noche cuando llegó solo, con una guitarra y un teclado prestado, cruzándose entre el público y pidiendo permiso, para acomodarse en un escenario improvisado y muy íntimo, de una de las salas de Lennon Sport Bar en Calahonda, Mijas.
El cantautor argentino que en menos de dos meses cumplirá 76 años, también pidió disculpas por un estado gripal que no le iba a permitir cantar a toda voz. Pero fiel a su pasión escorpiana, comenzó a entonar con todas sus fuerzas y su inconfundible timbre intacto, sus maravillosas canciones que resisten incólumes, el paso de sucesivas generaciones.

La mágica “Tan grande es tu amor” del álbum Noche y Día de 1986, fue la primera canción elegida; y la emoción estalló en el lugar, como estrellas fugaces de la lluvia de las Perseidas.
Más tarde llegó “Noche y día”, una canción del mismo disco que apenas surgida, nació para la eternidad, y provocó con su lírica el recuerdo, de la importancia que tiene el “celebrar la vida”, justamente este 23 de septiembre de 2025, el día en que Raúl cumple 59 años con la música.
El músico que fue uno de los responsables de crear al monstruo de Charly García, al iniciarlo en la música cuando lo contrató como tecladista para su primer disco “Cristo Rock”, decidió seguir con nada menos que “El fantasma de Canterville”; y recordó que este año cumplieron medio siglo con Porsuigieco, la banda donde tocaban esta canción, y que formó justamente con Charly, León Gieco, Nito Mestre y María Rosa Yorio; quienes además este año se juntaron para volver a lanzar su disco remasterizado.

Más tarde, Raúl empezó a tocar “Dame algo nuevo” un tema de su álbum Barrios Bajos de 1987 que con símiles, crea una relación continua de semejanza entre el amor y la música. Luego recordando una clásica película de Meg Ryan y Andy García de 1994, dedicó a los más románticos la canción “Cuando un hombre ama a una mujer”, y cerró el primer bloque bebiéndose el universo con el inspirador y alegórico “Sentado en el umbral de Dios”.
En esos instantes únicos, llegó su primer momento de hablar con el público: “Sólo para compartir el ADN que contiene el próximo tema, –dijo Porchetto– quería contarles que una vez un gran místico me dijo que antes de que se declare una guerra ya se tiene calculado el crédito, el rédito y el interés. Antes de que termine de cantar esta canción, habrán fallecido miles de niños, de un lado y del otro, sin importar la nacionalidad o el lugar en el mundo donde vivan. Niños que nos van a mirar desde algún lugar del universo, y nos van a preguntar en silencio y a los gritos a la vez, por qué, por qué y por qué…? Este tema se llama “Reina Madre” -continuó diciendo- canción que me prohibieron y me tildaron de traidor a la patria cuando la escribí; y que después gracias a Dios todo cambió, y me sirvió para refugiarme con los muchachos que estuvieron en la guerra. Porque la intención de recordar un lugar oscuro de una historia, que lamentablemente se va a seguir repitiendo hasta que el hombre no cambie su estado de conciencia y su corazón; es demostrar que como lo nuestro y lo inconmensurable es tan pequeño; y somos algo tan insignificante en el enorme universo, lo único que podemos decodificar, cuando se llega a este mundo y cuando se está a punto de partir, es el amor. Lo único que salvará y dará alimento a las futuras generaciones, es mirar a los ojos al otro y decirle que solo se trata de amar mucho”.
El final de “Reina Madre” fue diferente, Raúl hizo cambios que se sintieron en la sangre. “Nunca más niños con hambre, nunca más guerras sin sentido, nunca más destrucción…” fueron sus últimas palabras cantadas.

Para dar una vuelta de página y sanar con dulzura, cualquier dejo de tristeza que haya podido dejar el recuerdo de la Guerra de Malvinas, el músico volvió a hablar con su gente y contó una anécdota sobre sus hijos y su relación con los grandes artistas que lo acompañaron siempre. “Mis chicos, son como sobrinos para Charly García y León Gieco, pero les gusta Fito Páez con el cual tienen menor contacto. –contó Raúl– Un día mi hija Ana Clara me pidió que le diga a Fito que era su ídolo y cuando lo hice, Fito me sacó el teléfono y empezó a grabar un video para dejarle un mensaje diciéndole: (Si hay alguien que me influenció en la vida para hacer lo que hago, es tu papá, así que tu primer ídolo tiene que ser tu papá) y contó que le pasaba lo mismo con sus dos hijos y otros artistas”.
Luego llegaron viejas canciones que aún siguen siendo jóvenes para la eternidad que les aguarda, como “Así está mi corazón” del álbum Concierto Mágico de 2018, y los clásicos inolvidables: ”Bailando en la vereda y “Algo de paz” que convirtieron la sala en un gran fogón de amigos cantando a capela, el estribillo de esta última canción que ruega por la paz y también por el amor.
De repente, alguien pidió “Mujer del bosque” del álbum de Porsuigieco de 1975 y aprovechó para contar una anécdota desconocida, sobre el momento en que grabaron el disco; cuando lo llaman de la discográfica para avisarle que se había borrado una canción y que había que grabar otra. “Desesperado llamo a Carlitos porque era el único que vivía cerca -cuenta Raúl, refiriéndose a Charly García– y nos tomamos el colectivo hasta el estudio de grabación. No sabíamos que hacer y entre idas y venidas mientras viajábamos nació “Mujer del Bosque”.

Ya llegando el final de la tertulia, en un instante sublime y a todo vapor, el artista se despidió con la entrañable “El fantasma de Canterville”; de la cual ya había dado un adelanto. Pero esta vez, todos cantaron desde la primera hasta la última estrofa rememorando los viejos y nostálgicos momentos.
Sin sentir el paso del tiempo que marcó el reloj para dar fin a la noche, Raúl Porchetto tan solo con su instrumento, deslumbró, entusiasmó y conmovió hasta ese punto de mágica alquimia, donde confluyen, los rostros emocionados, la ovación fervorosa y el aplauso intenso. Y tal cual como llegó, así se fue, saludando tranquilo, una por una a cada persona que se acercaba; y dejando un halo de luz de su música en cada paso de su andar despacio, que tal vez, quién sabe…, esté acompañado de musas, ángeles, o alguna otra figura celestial que se escapó de sus canciones.
Agradecimentos: Roger Herrera DJ






