Hoy, mientras observamos lo que ocurre en Gaza, es imposible no sentir un escalofrío al reconocer ecos inquietantes del pasado. No se trata de equiparar históricamente dos contextos complejos, sino de advertir con lucidez y responsabilidad cómo los mismos patrones de deshumanización, justificación ideológica y violencia sistemática que caracterizaron el régimen nazi están reapareciendo, con trágica similitud, en las políticas del gobierno de Benjamin Netanyahu hacia el pueblo palestino.
El genocidio nazi no comenzó con cámaras de gas. Comenzó con palabras. Con propaganda. Con la deshumanización del “otro”. Los judíos fueron llamados parásitos, plagas, enemigos de la nación. Se les culpó de todos los males. Se les aisló, se les marcó, se les encerró en guetos. Luego vino el exterminio. Hoy, en Gaza, vemos un proceso paralelo: el pueblo palestino es deshumanizado en los medios israelíes y en discursos oficiales. Se les llama “humanos animales”, se les niega el derecho a la vida, se les culpa colectivamente por los actos de un grupo. Se les bombardea escuelas, hospitales, refugios de la ONU. Se les priva de agua, comida, electricidad. Se les mata en nombre de la “seguridad nacional”.
Netanyahu y altos funcionarios israelíes han repetido una y otra vez que “Gaza debe ser arrasada”, que “no habrá civiles inocentes”, que “el mundo entenderá después”. Frases que recuerdan peligrosamente a las declaraciones de líderes nazis que justificaban el “orden nuevo” a través del aniquilamiento. El bloqueo de Gaza, que dura más de 16 años, es funcionalmente similar a un gueto: una población encerrada, asediada, sin libertad de movimiento, con acceso limitado a lo básico para sobrevivir.
Además, hay una simetría trágica en la indiferencia internacional. Durante el Holocausto, muchos países miraron hacia otro lado. Hoy, potencias como Estados Unidos continúan enviando armas a Israel, financiando su maquinaria de guerra, vetando resoluciones en el Consejo de Seguridad de la ONU. La complicidad no es solo política; es moral. Y el silencio de gobiernos, medios y ciudadanos cómplices repite el error histórico: permitir que el genocidio avance porque “no nos afecta”.
Otra coincidencia escalofriante es el uso del sufrimiento histórico para justificar el sufrimiento actual. El pueblo judío fue víctima del mayor crimen del siglo XX. Esa memoria debería ser un llamado a proteger a todos los oprimidos. Pero, bajo el gobierno de Netanyahu, ese dolor se ha instrumentalizado para legitimar una política de dominación, expulsión y exterminio contra otro pueblo. El “nunca más” se ha convertido, irónicamente, en “sí, pero contra otros”.
No se trata de negar el trauma judío. Se trata de exigir que no se utilice como justificación para cometer los mismos crímenes. La historia no puede ser un arma. La memoria no puede ser una excusa.
Hoy, en Gaza, vemos campos de refugiados bombardeados, familias enteras enterradas bajo los escombros, niños mutilados, madres que entierran a siete hijos en un día. Vemos un genocidio en tiempo real, transmitido por cámaras, documentado por periodistas asesinados, denunciado por Naciones Unidas. Y aun así, sigue.
Por eso, no podemos quedarnos callados. Debemos alzar la voz. Debemos exigir a nuestros gobiernos que rompan relaciones con un Estado que viola sistemáticamente el derecho internacional. Debemos apoyar el boicot, la desinversión y las sanciones (BDS). Debemos proteger a los periodistas, a los médicos, a los defensores de derechos humanos que denuncian la verdad.
El pasado nos enseña que el mal no llega de golpe. Llega en pasos pequeños, disfrazado de seguridad, de patriotismo, de supervivencia. Y cuando nos damos cuenta, ya es tarde.
No permitamos que la historia se repita. No permitamos que el genocidio de Gaza sea el nuevo capítulo oscuro que nuestros hijos nos reclamarán.
Nunca más debe significar nunca más… para todos.
@ Cristina Marley






