Málaga. — La reciente representación de «Blaubeeren» en el Teatro Cervantes no solo destacó por su peso histórico, sino por una ejecución técnica y artística que dejó al público en un estado de introspección profunda. La obra, finalista del Premio Pulitzer de Teatro 2024, se aleja del drama ficcionalizado para abrazar el «teatro documento», donde la realidad no necesita adornos para resultar desgarradora.

Bajo la batuta del director Sergio Peris-Mencheta y su compañía Barco Pirata, la versión española del texto original de Moisés Kaufman y Amanda Gronich (Here There Are Blueberries) se despliega con una precisión quirúrgica. Peris-Mencheta logra que los 85 minutos de función mantengan una tensión constante, dirigiendo un montaje que es, al mismo tiempo, un thriller de investigación y un réquiem por la humanidad.
El peso emocional de la obra recae en un reparto versátil y entregado que interpreta a múltiples personajes, desde los gélidos oficiales de las SS hasta los meticulosos historiadores del presente:
Víctor Clavijo y Clara Alvarado encabezan un elenco de ocho actores que incluye a Nacho López, Irene Maquieira, Natxo Núñez, María Pascual, Paloma Porcel y Eric de Loizaga. La química y la sobriedad del grupo permiten que el espectador transite entre el siglo XXI y los años 40 sin perder el hilo de una narrativa que exige una objetividad «a prueba de balas».

Se inicia con una llamada por Palestina; y la historia de la obra con un álbum de fotos de la Segunda Guerra Mundial nunca antes vistas son enviadas a Rebecca Erbelding, la directora de archivos del Museo del Holocausto de los Estados Unidos. Las fotos muestran a los oficiales que administraban Auschwitz, el campo de concentración más letal en la historia de la humanidad. A medida que Rebecca se sumerge en estas imágenes, una historia sorprendente sale a relucir. Pronto, las imágenes empiezan a aparecer en las primeras páginas de periódicos alrededor del mundo.
La pregunta está siempre presente ¿cómo es que vivieron una vida cotidiana al lado de un campo de exterminio? “Blaubeeren” cuenta la historia de estas fotografías, lo que nos revelan sobre el holocausto, y lo que nos revelan sobre la humanidad.
Lo que verdaderamente atrapa al espectador es el formato visual y documental. La obra gira en torno al hallazgo real del Álbum de Karl Höcker, una colección de fotografías que muestran a los administradores de Auschwitz en su tiempo libre: riendo, comiendo arándanos (Blaubeeren) y disfrutando de una normalidad insultante a pocos metros del horror.
La escenografía y audiovisuales, el diseño es de Alessio Meloni y el trabajo audiovisual de Emilio Valenzuela convierten el escenario en una mesa de luz gigante. Las fotografías se proyectan, se diseccionan y se amplían ante los ojos del público, haciendo que cada rostro nazi se vuelva ineludible. Este uso del material gráfico real funciona como un espejo. Al ver las fotos, el público no solo observa el pasado; se ve obligado a confrontar la «banalidad del mal» a través de imágenes que parecen sacadas de cualquier álbum familiar contemporáneo.

La pregunta que sobrevuela la sala al encenderse las luces —¿reciben los culpables su castigo?— no se responde con datos jurídicos, sino con el peso del silencio. El castigo, sugiere la obra, es el juicio de la historia y nuestra incapacidad para apartar la mirada una vez que hemos visto la verdad revelada en el revelado fotográfico.
El misterio tras el objetivo: El Álbum de Karl Höcker
Lo que hace que «Blaubeeren» sea tan perturbadora es que no se basa en una ficción, sino en un objeto físico que cambió la percepción del Holocausto.En 2006, el Museo Conmemorativo del Holocausto de EE. UU. (USHMM) recibió una donación anónima: un álbum de 116 fotografías que perteneció a Karl Höcker, ayudante del comandante de Auschwitz.
La anomalía histórica: A diferencia de las fotos de los juicios o de las víctimas, estas imágenes muestran a los perpetradores en su tiempo libre. Hay una secuencia famosa (que da nombre a la obra) donde se ve a las auxiliares de las SS y a oficiales comiendo arándanos (Blaubeeren) con alegría, mientras a pocos kilómetros el humo de las chimeneas no cesaba.
El trabajo de los historiadores: La obra recrea la labor casi detectivesca de figuras como Rebecca Erbelding (interpretada en el escenario), quien tuvo que identificar a cada persona en las fotos para demostrar que el horror no lo cometieron monstruos, sino personas que regresaban a casa para jugar con sus perros o tocar el acordeón.
Tras su exitoso paso por el Teatro Cervantes, la producción de Barco Pirata continúa su recorrido por los principales escenarios de España. Debido a la acogida de la crítica y el público, la obra tiene confirmadas fechas en los siguientes puntos:
La obra concluye recordando que Karl Höcker, tras la guerra, trabajó como banquero en Alemania y solo cumplió una breve condena décadas después. Esto refuerza la pregunta que deja al público en lágrimas: ¿Es el olvido el mayor de los crímenes? «Blaubeeren» se asegura de que, al menos por una noche, el olvido sea imposible.
Fotos: Javier Tolosa






