Málaga, España . El espectador que asistió al Teatro Cervantes de Málaga este fin de semana fue recibido por una declaración de intenciones: el imponente telón pintado por Bernardo Ferrándiz permanecía bajado, con imágenes que roban la mirada antes de sumergirnos en el Madrid más castizo. Sin embargo, lo que vino después fue un ejercicio de modernidad y valentía intelectual.
La función no comenzó en la calle de la Paloma de 1894, sino en los camerinos del mítico Teatro Apolo en 1929. El prólogo cómico-lírico Adiós, Apolo, escrito por Álvaro Tato, resultó ser una pieza magistral que, para el espectador desprevenido, pudo resultar «desconcertante», pero que rápidamente se reveló como el alma del montaje.
A través de una compañía ensayando su última función, Tato y la directora Nuria Castejón lanzaron una mirada crítica a la sociedad y al propio contenido de la obra. Se habló de la lucha por el voto de la mujer y de su papel en una España que despertaba a la modernidad, cuestionando los arquetipos machistas que a veces se dan por sentados en el género chico. Esta «toma de conciencia» dignificó la zarzuela, convirtiéndola en un espejo donde mirarnos hoy.

Bajo la batuta de José María Moreno Valiente al frente de la Orquesta Filarmónica de Málaga, el escenario fue un hervidero de talento. El barítono Borja Quiza compuso un Julián visceral y herido, mientras que la soprano Carmen Romeu dotó a Susana de una fuerza y autonomía que encajaba perfectamente con el espíritu reivindicativo del prólogo. Antonio Comas, en el papel del boticario don Hilarión, aportó la veteranía y el contrapunto cómico necesario.
El despliegue de voces y personajes fue sencillamente «brutal», completando un reparto de lujo: Milagros Martín (señá Rita) y Rafa Castejón (tabernero). Gurutze Beitia (tía Antonia) y Lara Sagastizabal (Casta). Gerardo López (don Sebastián) y Sara Salado (cantaora).
El elenco se cerró con las intervenciones de Cristina Arias, Ricardo Reguera, Nuria Pérez, Adrián Quiñones, Mitxel Santamarina, Ana Goya, Ariel Carmona, Albert Díaz, María Ángeles Fernández, Ana Isabel Martín y Luis Romero.
La dirección de Nuria Castejón destacó por un movimiento de masas fluido y una vitalidad contagiosa, apoyada por el Coro Titular del Teatro Cervantes – Intermezzo (dirigido por Pablo Moras) y un cuerpo de baile de diez danzantes. La espectacular escenografía de Nicolás Boni y el vestuario de Gabriela Salaverri terminaron de redondear una producción que ha demostrado que la zarzuela, cuando se hace con rigor y sentido crítico, es un género absolutamente contemporáneo.
Málaga despide esta Verbena de la Paloma con la sensación de haber asistido a algo más que un divertimento: un homenaje a la libertad y a la evolución de nuestra sociedad que, como dirían en la obra, es una «bestialidad» de éxito.






