En el Teatro Cervantes de Málaga sigue presentándose el 43º Festival de Teatro. Una buena función ofreció “La Barraca» (basada en la obra de Vicente Blasco Ibáñez). La excelente puesta en escena , conquistó al público. Una obra que traslada temas actuales como son la subida injustificada de los alquileres, de desahucios, de acoso infantil y del enconado enfrentamiento entre nativos e inmigrantes. Aunque el texto es de Blasco Ibáñez, el montaje enfatiza temas que aún resuenan hoy.

La fusión de disciplinas es uno de los mayores aciertos. Es la conjunción de danza y teatro. El montaje no se limita al texto; utiliza el movimiento corporal y una puesta en escena muy plástica para transmitir la violencia, la envidia y el peso de la tierra que caracterizan el drama de la huerta valenciana.
La dirección de Magüi Mira ha logrado que la historia de la familia de Batiste, que lucha contra el odio de sus vecinos, se sienta moderna y vibrante. La función que se presentó en el Cervantes terminó con ovaciones de varios minutos, siendo una de las funciones con grandes aciertos.
El elenco lo conforman : Daniel Albaladejo (como Batiste), Antonio Hortelano, Jorge Mayor, Antonio Sansano, Patricia Ross, Claudia Taboada, Elena Alférez y Jaime Riba. Además de sus papeles individuales (Batiste, Pimentó, etc.), el elenco funciona como un bloque. Se convierten en «los vecinos» o en «las sombras», actuando como una fuerza imparable que acosa a la familia protagonista.

La escenografía es de Curt Allen y Leticia Gañán: El público ve un espacio que evoca la dureza de la tierra, con una estética limpia y simbólica, permitiendo que el movimiento de los actores sea el verdadero protagonista.
La coreografía es de Marta Gómez. No es solo se observa «baile», sino que los actores utilizan el movimiento para representar conceptos abstractos: el odio del pueblo, el peso del trabajo físico y la violencia latente.
Sobre la banda sonora en alguna de sus entrevistas indican que es fundamental para crear esa tensión creciente. Mezcla sonidos tradicionales con texturas contemporáneas que refuerzan la tragedia. La iluminación es de José Manuel Guerra, y su trabajo juega un papel crucial para delimitar los tiempos de la obra, especialmente en el clímax final relacionado con el fuego.

El vestuario es de Helena Sanchis, logra un equilibrio entre la época de la novela (finales del XIX) y una atemporalidad que permite conectar con problemas actuales.
La historia cuenta el rechazo al que se ve sometida la familia de Batiste Borrull al instalarse en una barraca y en unas tierras de la huerta valenciana de las que fue desahuciada por impago otra familia que vivió y trabajó en ellas durante varias generaciones. Los hortelanos de la zona, arrendatarios todos ellos, pretenden mantener yermas esas tierras como símbolo de poder frente a sus arrendadores. El conflicto irá creciendo de intensidad hasta convertirse en tragedia.
Está obra sin duda se suma entre las mejores que se han presentado. Y realmente uno sale contento de ver buen teatro.






