Hoy necesito contarlo, porque no puedo creerlo: mi caniche está fingiendo estar enfermo. Sí, fingiendo.
Todo empezó hace unos días: lo noté más quieto, con una pata como si le doliera, evitando saltar al sofá… incluso me miraba con esa expresión triste, profunda, de “mama”, no sé qué me pasa, pero duele. Me partió el alma. Le preparé su comida favorita, se la di a mano, lo levanté en brazos para que descansara en el sofá… hasta le hablé en voz susurrante de “shhh, pobrecito mío, ya pasará…”.
Pero algo no cuadraba.
Ayer, ya preocupado de verdad, lo llevé al veterinario. Le expliqué los síntomas: cojera leve, letargo, “dolor” al tocarle la zona lumbar. El veterinario, un hombre con más años de experiencia que mi perro en vidas pasadas, me miró, asintió… y entonces empezó a explorarlo. Presionó aquí, allá, le pidió que caminara, que saltara a una plataforma baja. Nada. Cero reacción. Ni un gemido, ni un espasmo, ni siquiera un suspiro dramático.
Mira, me dijo, con una media sonrisa, si le duele de verdad, reacciona, aunque no quiera. El dolor no se negocia. Pero esto… esto es teatro.
Y ahí fue cuando lo entendí.
Hoy, hoy, es un cachorro de física pura: corre, salta, juega con su pelota como si hubiera descubierto la energía oscura, ladra al pájaro de siempre con la misma intensidad que siempre… y, por supuesto, se sube al sofá de un salto, como si jamás hubiera tenido “problemas de movilidad”.
Me quedé mirándolo, con el tazón de comida aún en la mano, sí, porque ayer también le di de comer a mano, como si fuera un príncipe persa convaleciente, y no pude evitar reírme. ¡Me estaba tomando el pelo! Con estilo, con método, con una mirada de “¿qué? ¿yo? ¿hacerme el enfermo? jamás” … mientras se acurrucaba en mi sitio del sofá, por supuesto.
El veterinario me dio un consejo de oro: observa, pero no refuerces el comportamiento fingido. Así que ahora lo miro. Lo estudio. Lo amo… pero también lo desenmascaro, en silencio. No lo levanto. No le doy comida a mano solo porque pone cara de desamparo. Si quiere subir al sofá, que suba. Y si un día sí está realmente mal, lo sabré: porque no insistirá, no buscará mi mirada, no hará “ensayos generales” … simplemente se acostará, en silencio.
Pero esto… esto es puro arte.
Mi caniche no está enfermo. Está negociando. Está usando su inteligencia ¡porque es un caniche, una de las razas más listas del planeta!, para conseguir lo que quiere: mi atención, mi tiempo, mi ternura extra. Y, lo admito, me encanta. No porque me guste que me manipule, sino porque me demuestra lo mucho que me observa, lo bien que me conoce, lo profundamente que ha aprendido a comunicarse conmigo… aunque lo haga con efectos especiales y banda sonora de suspiros falsos.
¿A alguien más le ha pasado? ¿Tienen también un actor en casa, con su propio guion, sus luces y su dosis calculada de drama? Porque yo ya estoy pensando en grabar sus próximas escenas. Título provisional: “La Gran Cojera: una historia de amor, croquetas y sofás traicionados”.
Mi perro no me engaña… me desafía. Y, la verdad, estoy encantado de jugar. 🐩❤️
(Solo quiero saber: ¿cuánto durará el próximo “episodio”?)
¿Te ha pasado algo parecido con tu compañero peludo? ¡Cuéntamelo, necesito sentirme menos solo en esta trama shakespeariana de cuatro patas!
@Cristina Marley 2025
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