El maestro de Úbeda volvió a pisar los escenarios de la ciudad que forjó sus primeras poesías y sueños adolescentes, pero esta vez para despedirse. Fue en la Plaza de Toros, casi abarrotada, donde el artista de 76 años ofreció el primero de sus dos conciertos en esta ciudad, dentro de su gira de despedida Hola y Adiós. Una noche cargada de emoción, con recuerdos y versos, que se corearon como mantras de toda una generación y que seguramente volverán el próximo sábado.
En el escenario brillaba una elevada tarima para la banda, y ubicado justo en el centro, un pequeño taburete, esperaba ansioso a su dueño. A la hora señalada “Un Último Vals”, su reciente gran obra, se proyectaba en las enormes pantallas que decoraban el fondo, para dar paso a la llegada de Joaquín; quien mientras comenzaban a sonar los primeros acordes de “Lágrimas de mármol”, ingresó con su grupo, para darlo todo.

Apenas terminó la canción que celebra el ser un superviviente y el vivir para cantarlo, Sabina se dirigió a su público. Desde un principio dejó claro que su llegada a Granada, no era una cita cualquiera. “No penséis que este es un concierto normal para mí. Es un concierto muy especial porque aquí en Granada, hace muchos años, viví los años más felices, más locos y más inolvidables de mi juventud”, confesó a sus seguidores que lo escuchaban en silencio, conscientes de estar viviendo un momento irrepetible.
Hace muchos años, un Joaquín adolescente, llegó a esta ciudad para estudiar en la universidad, con su música y su poesía guardada en la maleta, y ansioso por vivir sus primeras libertades. «Fue la primera vez que tuve una llave de mi casa en el bolsillo y que podía volver a la hora que quisiera. Y, además, fue la primera vez en mi vida, que dormí y viví con una chica», recordó entre risas y aplausos cómplices. Pero también fue el lugar donde nació el Sabina poeta: “En Granada empecé a escribir versos, a soñar con canciones y a explorar la noche», dijo, recordando los lugares que recorría como el Albaicín, el Sacromonte, la plaza Bib-Rambla, la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes, escenarios íntimos de su juventud.

Compartiendo sus historias personales, con la misma nostalgia de los sentimientos de muchos, que lo acompañaban esa noche, concluyó confesando: «Hoy que es una de las dos noches de mi despedida, y como es un sitio muy querido para mí, me temo que este concierto salga mojado con unas gotas de melancolía, que es como me siento hoy desde que llegué a Granada». El público, consciente de que asistía a un adiós irrepetible, respondió con una ovación que fue también un agradecimiento a quien siempre llevó el nombre de la ciudad en su memoria.
Empezaron a sonar canciones inolvidables como “Lo niego todo”, “Ahora qué” y “Mentiras Piadosas”; y el artista volvió a hablar, para contar que justo antes de salir del camarín hacia el escenario, una pareja de enamorados le pidió que sea testigo del pedido de matrimonio; y no sólo accedió a la romántica solicitud, sino que les dedicó una de sus primeras canciones, nada menos que “Calle melancolía”.

Sobre las tablas, el cantautor continuó haciendo viajar a su gente por un recorrido sublime de su extenso repertorio, con “19 días y 500 noches”, “Quién me ha robado el mes de abril” y “Más de 100 mentiras”. Todas baladas urbanas, himnos nocturnos, canciones que suenan a madrugada, a taberna y a historias de amor y desamor.
Para hacer una pausa y cambiar de vestuario, usó el pretexto de cumplir la fantasía de escuchar algunas de sus canciones, en la voz de una mujer y en la de un rockero. Y dio paso a su corista Mara Barros que cantó “Camas Vacías”, y Jaime Asúa, que interpretó “Pacto entre caballeros”.
Clásicos como “Donde habita el olvido”, “Peces de ciudad” y “La Magdalena” fueron coreados al unísono por un público que no sólo asistía a un espectáculo musical, sino a una despedida vital. Cada estrofa fue un brindis y cada verso una celebración, teñida de la melancolía que el propio artista reconoció sentir.

“De niño y no tan niño me gustaba mucho Chavela Vargas” confiesa con su voz rota y tierna a la vez, a su gente. “Ya bastante mayor, vino a cantar a Madrid y me las arreglé para conocerla. Nos fuimos a tomar unas copas y mientras hablábamos de muchas cosas, me contó que ella vivía en el Bulevar de los Sueños Rotos”. Empezando los primeros compases de la canción que le dedicó, también contó que tuvo el honor de habérsela cantado en persona. Momento sublime que terminó con una enorme imagen, de un mensaje escrito por su musa inspiradora: “Te amo Joaquín, tu amor: Chavela”
En otro íntimo monólogo de bar en la madrugada, el trovador ubedí contó que le habían preguntado muchas veces, cómo nacía su inspiración para escribir, y él siempre contestaba: “Ojalá lo supiera”. “A veces las musas que son unas señoritas muy engreídas y caprichosas aparecen cuando ellas quieren y casi siempre donde menos las esperas”. -contó el artista y agregó- “Un día estaba escuchando la radio y escuché una copla andaluza, que me dejó fascinado y me inspiró inmediatamente a escribir una canción, que le coge una parte del estribillo a la copla, y que voy a cantar ahora con Marita Barros, para que con su tremenda voz le haga un homenaje”. Con ese gran preámbulo, como era de esperar, empezó a sonar “Y sin embargo”

Para su primera despedida antes del bis eligió: “Y nos dieron las 10”; y para volver al escenario “La canción más hermosa del mundo”, pero interpretada por su compañero inseparable Antonio García de Diego, músico, compositor y productor que ha sido fundamental en la carrera de Sabina y también en su vida. Luego llegaron las eternas y melancólicas “Tan joven y tan viejo” y “Contigo” para cantar a los cuatro vientos “Yo no quiero a Granada sin ti”. Y para el explosivo e inolvidable final: “Princesa”.
Con su voz cruda y desnuda que siempre dijo lo que quiso sin pedir permiso, su ironía intacta y esa ternura desgarradora que lo caracteriza, Sabina hizo del espectáculo un ejercicio de memoria colectiva. Se vivieron más de dos horas de concierto, con una veintena de canciones que ya son himnos, para quienes siguen creyendo en el amor improbable y en el arte de vivir sin manual de instrucciones.

Anoche, en el ruedo granadino, quedó claro que Sabina no se marcha del todo. Aunque abandone los focos, no dejará de inventar versos ni de escribir romanzas en sus madrugadas. Su pluma seguirá al acecho, alimentada por la nostalgia, el deseo y esa lúcida mirada que siempre supo encontrar belleza en las esquinas más grises de la vida.
Sabiendo que permanecerá en cada canción que se convirtió en refugio y en cada poema que marcó sus vidas, la Plaza de Toros entera, le dijo adiós con una ovación larga y emocionada, y con el deseo de que alguna vez, esa despedida se transforme en un reencuentro, porque como dice el maestro: “los amores que matan, nunca mueren”.
Producción: RiffMusic







