El diagnóstico de TDAH fue acuñado por el psiquiatra estadounidense Leon Eisenber en la década de los años treinta. Incluido en los manuales de criterios diagnósticos, donde señalan como síntomas principalmente falta de atención, hiperactividad e impulsividad, reseñar como importante que el propio creador del TDAH, antes de fallecer en 2009 señaló que era “una enfermedad ficticia”, indicando que las causas genéticas estaban sobrevaloradas. Antiguamente el TDAH era considerado como una conducta enérgica, desafiante, una forma disruptiva del comportamiento, que se trataba de corregir mediante disciplinas comportamentales
Dificultades para mantener la atención, hiperactividad, impulsividad…son algunos de los rasgos principales. Desde una mirada biologicista o un modelo psiquiatrizante de los problemas, rasgos, posiciones en la infancia, el TDAH se ha convertido en una de las patologías más difundidas socialmente. Para muchos profesionales está sobrediagnosticado y es casi un producto de la industria farmacéutica, cuyos principios activos con los que se les trata son las anfetaminas o derivados de éstas. Tachan a los menores como un problema neuronal sin tener en cuenta factores externos, el propio desarrollo del niño, la incidencia familiar y del ambiente. Este tipo de fármacos pueden llegar a ser nocivos para la salud de un niño, y además no solucionan los problemas de déficit de atención. Hay personas ya adultas que llevan décadas medicalizados y no han resuelto el problema.
Etiquetar, medicarles, pronosticarles negativamente… puede incidir seriamente en su desarrollo. En la infancia hay problemáticas que son temporales, derivados del crecimiento de los niños, del comienzo de ciertas etapas, la inmadurez por los pocos mecanismos psíquicos para afrontar cambios… Los niños aún no están formados psíquicamente, están en pleno proceso de transformación, y adscribirle a un diagnóstico limita, enferma. De alguna manera descarga la culpa de los padres, pero es mejor hablar en la implicación de lo que pasa no en culpas, sino una escucha de lo que acontece inconscientemente, formas de relación que producen una sobrecarga de excitación. Saber de las etapas psicosexuales de la infancia es muy importante, hay también un periodo de latencia en los niños y niñas a tener en cuenta.
Es fundamental conversar con los padres con una escucha profesional, psicoanalítica, dar cuenta del entorno, problemas en la escuela… a veces son niños donde los adultos descargan sus ansiedades, problemáticas, temores, situaciones de pareja, discusiones, separaciones, o se les estimula excesivamente, están sobreexcitados, donde los niños observan, están presentes en situaciones que abarcan más la intimidad afectivo-sexual, y esto supone una fuente de hiperexcitación para los mismos (dejar la puerta abierta cuando mantienen intimidad los padres, no establecer límites entre los adultos y los niños, no establecer un especial cuidado en puntuarles ciertos espacios…). Es necesario que los padres se impliquen, que hablen, se analicen, pongan en juego la cuestión, hay que hacer algunas puntuaciones en la relación para que los efectos sean otros, ya que están guiados por ideologías, formas de pensar que no son las más adecuadas. Un niño se desarrolla en las frases y actos de los padres, por eso es muy importante la colaboración de los mismos. Llegan estímulos que tiene que elaborar, el niño también tiene sexualidad, curiosidad infantil, atracción hacia los padres y está tratando de entender muchas cosas que, a veces, les pueden llegar a sobrecargar y no gestionar adecuadamente. Entonces vemos que no es que el niño tenga un déficit de atención exactamente, sino que está puesta en otro lugar, aún está, inconscientemente, en esa etapa de investigación sexual, impactado, donde quiere saber, donde aún no está en él asentado, configurado todo, y hay trabas. No olvidemos que la investigación adulta, el estudio, la curiosidad, están asentados en esta base de la sexualidad, sobre el origen de dónde vienen los niños. Enfocar la energía en múltiples tareas (deporte, música, pintura…) va a ser una gran aliado para que toda esa energía pueda ponerse en la tarea, en la sublimación. Ya no va a ser hiperactividad, sino tarea múltiple, va a haber una materialización.
Debemos entender que hay una dificultad para procesar y gestionar impulsos pulsionales. Es necesario ser flexibles en la escucha, no cerrar sentidos, producir realidades convenientes. Para el psicoanálisis no hay etiqueta diagnóstica, sino una posibilidad de transformación, donde un niño o una niña es un futuro abierto y está por construir. Y en las personas adultas también se está diagnosticando en la adultez, cuando hay otras veladuras de fondo, una cuestión neurótica, de dificultad del pasaje al mundo y de la gestión de la sexualidad, entendida no solamente como genitalidad, sino también como la relación con el mundo, con las diferentes entregas al trabajo, la creación, el amor, los otros…
Laura López Psicóloga-Psicoanalista
en formación continua con Grupo Cero
Perito Judicial